EL REVIVAL

MODS ARE BACK!

Salimos y compramos trajes negros y empezamos a tocar versiones de Motown, Stax y Atlantic. Compré una guitarra Rickembacker, una Lambretta GP 150 y traté de peinarme como Steve Marriott hacia el 66. Me sentía muy individual y arrogante gracias a eso. Era mi propio mundo esotérico, la gente miraba y pensaba que me veía extraño.

Paul Weller

Si bien en el norte de Inglaterra y durante la primera mitad de los 70, la escena del Northern Soul se dedicó a mantener viva la pasión modernista por los stompers de soul, el coleccionismo de oscuros singles, las scooters personalizadas, el baile y las allnighters; en el sur, Mod era poco más que el nombre de un arcano ser mitológico sobre dos ruedas. Algo que sonaba a historias del ayer que ya nadie recordaba.

Llevados por muy diversas razones ―las batallitas paternas sobre andanzas juveniles enfundadas en trajes de moaré; el libreto con fotografías de Mods que acompañaba el álbum Quadrophenia de los Who; los viejos discos de sus hermanos mayores o los relatos de Mods de los 60 que, de vez en cuando, podían leer en las revistas musicales―, allá por el 74, algunos adolescentes de los alrededores de Londres comenzaron a interesarse por aquellos Mods de otros tiempos.

Como sucediera quince años antes, se trataba de jóvenes ―casi niños― sin conexión alguna entre sí que, marcados a fuego por el individualismo, detestaban la música y la estética de la época que les había tocado vivir. Y es que, en los días del circense glam-rock cabalgando sobre zapatos de plataforma y de la grandilocuencia del rock progresivo ahogándose en lo conceptual, ser Mod volvía a convertirse en sinónimo de jugar distinto. Un signo de distinción gregaria que, con Carnaby Street convertida en un triste espejismo de lo que una vez fue y con el Reino Unido sumido en el desempleo por la dura recesión mundial, tuvo en las viejas tiendas de ropa de Brick y Petticoat Lane y en los puestos de discos de los mercados callejeros a sus mejores aliados en un reto casi imposible.

Estos nuevos modernistas sin una escena pronto se dejarían ver por los locales de Old Kent Road ―The Thomas A’Beckett, The Apples and Pears, The Henry Cooper…― atraídos por las noches de R&B que, bajo la etiqueta de pub-rock, ofrecían bandas de gargantas rotas y dedos nerviosos como Eddie & The Hot Rods, The Inmates, Kilburn & The High-Roads o los Dr. Feelgood de Lee Brilleaux y Wilko Johnson ―y ello, sin olvidar a esa rara avis a mitad camino entre los orígenes y el revival que eran los Hammersmith Gorillas de Jesse Hector―. Furtivas noches de blues eléctrico, al margen de cualquier moda, donde los herederos de aquellos gatos de jazz-club empezaron a tomar contacto entre sí con Muddy Waters, John Lee Hooker y Little Walter recordándoles los orígenes de sus idolatrados Mods de una década atrás.

Pero en 1976 el punk irrumpió, haciendo tambalear con sus esputos los cimientos de la Capital del Imperio, y su rabia iconoclasta se inyectó en la juventud inglesa no dejando a nadie indiferente. Camisetas rotas e imperdibles, pelos encrestados y botas militares pero también espíritu tribal, fanzines y discográficas independientes abriéndose paso a puñetazos al grito de «Do It Yourself». El punk nació pregonando un visionario «No Future» que la industria y los mass media no tardaron en materializar.

Un año después, con buena parte de la vanguardia del punk vendiéndose al mejor postor, The Jam saltaron a la palestra con su incendiario debut In the City. Con los Who de los 60 en el punto de mira, el imaginario de los primeros Mods en la recámara y el punk disparando a discreción, The Jam estaban llamados a convertirse en la cabeza visible del despertar del modernismo que estaba por llegar.

A medida que la banda de Paul Weller iba aumentando en fama y reconocimiento, el número de mods se incrementaba de forma imparable. Seguidores del grupo en su mayoría que, desencantados con la pose autodestructiva del punk, comenzaron a imitar su estética y a interesarse por sus gustos musicales. Los primeros grupos, a la estela de los de Woking, no se hicieron de rogar: los Purple Hearts de Romford, los Chords de South East London y los Back to Zero de North London ―sin olvidar a los Killermeters de Huddersfield― fueron originando a su alrededor grupúsculos de nuevos acólitos que no tardarían en unirse. Mod bands que proclamaban con orgullo su condición a las que seguirían una nueva hornada de grupos ―Secret Affair, Squire, Merton Parkas…― cuyas miras, ya en los 60, dejaban atrás el exabrupto del punk.

1979 fue el año clave para la incipiente escena modernista con el New Musical Express publicando un especial dedicado a los Mods, con las principales Mod bands editando sus primeros singles, con el recopilatorio «Mods Mayday ’79» en la calle, con locales dedicados al público Mod ―Bridgehouse, The Wellington, The Global Village o el legendario Marquee―, con los primerizos modzines haciéndose escuchar ―Maximum Speed, Direction Reaction Creation, Get Up & Go, Making Time, Northern Mod Scene…―, con una revitalizada escena escuterista, con la publicación del bíblico «Mods!» de Richard Barnes y de la «Mod Top 100» de Randy Cozens, con el comienzo de la gira The March of Mods y con Specials, Madness y Selecter presentando a ritmo de Ska el sello 2 Tone y los Dexy’s Midnight Runners irrumpiendo con soul en las listas de éxitos. El revival modernista se estaba convirtiendo en una realidad ―todavía espontánea, todavía secreta, todavía controlada desde dentro― que cada vez ahondaba más en sus orígenes apoderándose por el camino de toda la cultura de los 60 ―música, moda, cine, televisión, pintura, diseño…―.

Pero 1979 también fue el año del estreno en Cannes de la adaptación cinematográfica del álbum Quadrophenia de los Who. El año en que una industria hambrienta, tras la pesada digestión del punk, lanzó su mirada voraz en dirección a los Mods. Las publicaciones londinenses gritaron a los cuatro vientos «Mods Are Back!», «Mods March Again». Carnaby Street vistió su segunda juventud con escarapelas británicas y Union Jacks, decenas de grupos cambiaron sus nombres y atuendos para apuntarse a la nueva sensación y allá donde la película se estrenaba las calles se llenaban de muchachos uniformados con parka y scooter ansiosos por emular las batallas costeras del film. Y así, como sucediera a mediados de los 60, lo Mod fue pasto de la más absoluta masificación y de la más demencial comercialización. Pasto de la estúpida violencia y los ladinos advenedizos. Pero a diferencia del 66, los Mods no estaban dispuestos a ser devorados por su propia escena.

Con la llegada de los 80 la moda del revival modernista alcanzó en las Islas su punto álgido y la industria no tardó en darle la estocada buscando otra víctima a la que vampirizar bajo las galas de «nuevo fenómeno de la new wave». Un respiro necesario donde los supervivientes ―tras la deserción de arribistas, hooligans y chaqueteros― cerraron filas decididos a volver a empezar. Los primeros 80 supusieron la consolidación de una escena que se deshacía del revisionismo para volver a sus orígenes. Fueron los años de los grandes rallies scooteristas, de la época dorada de los modzines ―Extraordinary Sensations, In the Crowd, Empty Hours, Go Go, Patriotic…―, del regreso de la música negra a los locales a 45 r.p.m., de un buen número de esforzadas discográficas independientes de ayer y hoy rescatando los Mod Sounds de antaño ―Island, Trojan, Edsel, Kent, Charly, See for Miles, Bomp…―, de la recuperación en vivo de buena parte de los primitivos iconos musicales y modernistas ―Edwin Starr, Geno Washington, Steve Marriott, Memphis Slim, Prince Buster, Georgie Fame, Eddie Floyd, Desmond Dekker, Jimmy McGriff, Laurel Aitken…―, del retorno a la ropa a medida y a la fijación por el detalle dejando de lado Carnaby St. y de los Mod-clubs ―The Electric Ballroom, 100 Club, Barons, Ilford Palais, The Pidgeons, Sneakers, The Whisky A Go Go, Crawdaddy, Le Beat Route, Phoenix…― tomando el bastón de mando de vuelta al underground.

Fue este regreso a la clandestinidad de las salas de baile ―su escenario natural― y la política musical del «Only Northern. Only Tamla» lo que acabaría de erradicar de las filas del modernismo el espíritu quadrophénico y el culto a los grupos que había caracterizado el revival. Primer cisma ―de otros tantos que estaban por llegar― en una escena que, en su obsesivo retorno a los orígenes, iba desprendiéndose de todo aquello que no se adecuaba al ideario primigenio para convertirse de nuevo en un rito minoritario y esotérico. Lo Mod se radicalizó en su estilismo ―sacrificando parte de su creatividad para evitar que su identidad se diluyera en cientos de reinterpretaciones― y el R&B y el modern jazz, los backcombings y los trajes bespoke tomaron los Mod-clubs colgando en la puerta el cartel de «Smart Dress Only».

Los 80 se saldarían en el Reino Unido con un buen puñado de bandas ―Style Council, Small World, The Truth, The Prisioners, Makin’ Time, Direct Hits, Fast Eddie, The Jukes/The Clique, James Taylor Quartet…― y sellos discográficos a su alrededor ―54321-Countdown, Diamond, Dance Network, Acid Jazz…― que, aunque cada vez más centrados en el espíritu original, se enfrentaban a una escena, elitista y en horas bajas, cada vez más cerrada entorno a sus DJs, cada vez más encerrada en sus clubs. Pero, sobre todo, los ochenta supusieron el afianzamiento de lo Mod como subcultura internacional. Y es que allá donde llegó el éxito de los Jam o los ecos del revival o Quadrophenia a las salas de cine habían ido apareciendo muchachos con parka donde nunca antes se había escuchado la palabra «Mod». Con la pionera escena californiana a la cabeza, nuevos adeptos a la causa surgieron con fuerzas renovadas en las ciudades del mundo occidental. Las pequeñas escenas locales fueron creciendo hasta hacerse nacionales. Con sus Mod bands y modzines y clubs y meetings/ rallies/ scooter-runs/ allnighters/ weekends. La historia olvidada de aquellos jóvenes mods se diversificó en miles de historias que miles de adolescentes escribían en lugares y entornos que nada tenían que ver con una Meca londinense que ayudarían a revitalizar. Lo Mod continuaba siendo un fenómeno británico pero ya no hablaba sólo en inglés. Mods de medio mundo empezaron a peregrinar a su particular tierra santa y, en muchos casos, hasta la convertirían en su nuevo hogar.

Con la llegada de la década siguiente, las escenas europeas entraron en contacto organizando Euro-Weekends por todo el Viejo Continente y DJs y grupos y adeptos de aquí y allá pasearon sus maletines, canciones y pasión allá donde estuviera la acción. Algo que ha continuado así hasta nuestros tiempos, los tiempos de las nuevas tecnologías, donde lo Mod se ha universalizado aunando a sus partidarios pero con la saturación informativa manteniéndolo oculto en un cómodo rincón del ciberespacio sólo al alcance de aquellos a quienes interesa. Dandys contra el mundo encargados de perpetuar el modo de vida que han elegido como propio. Acérrimos individualistas dispuestos a mantener viva la llama de la diferencia en las alcantarillas de una sociedad donde la globalización fabrica clones que idolatran la estupidez, la vulgaridad y lo acomodaticio. Irredentos estilistas para un estilo inmortal.

En los setenta se dijo que los Mods habían regresado, en el nuevo milenio podemos afirmar que lo hicieron para no marcharse.

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