LOS ORÍGENES

La historia olvidada de los jóvenes Mods

A principios de los años sesenta, los jóvenes desarrollaron un estilo de vida misterioso y excitante que se movía con rapidez. Estaba dirigido desde dentro y no necesitaba justificación desde fuera. Chicos arrogantes obsesionados con la ropa, dedicados al R&B y a sus propios bailes. Ellos se hacían llamar Mods.

Richard Barnes

A mediados de los años 50 y tras una década de privaciones, Inglaterra por fin se quitaba de encima los últimos escombros de la contienda mundial. Una Inglaterra que despertaba a un nuevo mundo que tenía en Estados Unidos el espejo donde mirarse y en cada barrio de sus ciudades el reflejo de los nuevos tiempos. El Londres de los 50 se llenaba los pulmones de americanización plagándose de supermercados y lavanderías 24 hours service, de hamburgueserías Wimpy y de coffee bars, de vinilos a 45 r.p.m. y de jukeboxes. Fueron los tiempos del «vive ahora y pague después» ―el pago a plazos que a golpe de consumismo ayudó al asentamiento definitivo de la clase media―, del estado del bienestar anunciado en CinemaScope y, sobre todo, del fenómeno adolescente.

La abolición del servicio militar obligatorio y la abundancia de empleo llenaron las ciudades británicas de jóvenes que abandonaban el colegio a los 15 años y que, imitando a sus envidiados homónimos del otro lado del Atlántico, querían vivir rápido y dejar un bonito cadáver. Fue así como la adolescencia se hizo un sitio entre la niñez y la vida de adultos y decidió buscar sus propias señas de identidad.

Si bien los primeros atisbos se remontaban a las scuttling gangs del Manchester decimonónico, hasta la llegada de los Teddy boys ―a principios de la década de los 50 del pasado siglo― no se pudo hablar de una auténtica subcultura adolescente británica. Frente a una indumentaria que no iba más allá del uniforme escolar, la ropa del trabajo y el traje de los domingos los Teds reaccionaron con el estilo eduardiano de las chaquetas drape, los peinados pompadour y los zapatos creepers. Frente a las cantinelas del Festival de Eurovisión y la música que para sus padres ofrecía la B.B.C. ellos optaron por el R’n’R americano. Un estilo que se extendió con furia por todo el Reino Unido pero que diez años después de su génesis agonizaba ya inexorablemente.

Por el contrario, los Beatniks ―mucho más minoritarios pero también con sus miras puestas en los USA― estaban en auge. Con sus bombines homenajeando a Acker Bilk y sus chapas de «prohibid la bomba», sus viejos jerséis hasta las rodillas y sus pantalones a rayas, sus pancartas contra el arsenal nuclear de Aldermaston y sus clubs de tradjazz. Kerouac y Ginsberg, dixieland y blues para una bohemia de art school que no tardó en encontrar su némesis.

Y es que al igual que había sucedido durante la década anterior en los Estados Unidos, el revival del dixieland ―que se había asentado con ímpetu en Gran Bretaña― no tardó en tener su réplica en la creciente escena local dedicada al jazz moderno y que Los Once de Ronnie Scott llevaban alentando desde finales de los 40. Con el Soho londinense haciendo las veces de la Calle 52 el enfrentamiento entre los Trads y los Mods no se hizo esperar.

Como hicieran los Teds y los Beats antes que ellos, estos Mods surgidos de los clubs de jazz del West End también buscaron su inspiración más allá del que para ellos era el país más aburrido y rancio del mundo. Pero a diferencia de sus antecesores no se quedaron tan sólo en Estados Unidos. De allí tomaron la música afroamericana ―el jazz moderno, el R&B y después el soul― y con ella el estilo Ivy League y la actitud cool de sus intérpretes. De Francia, sus peinados y su moda y sus influencias literarias ―el existencialismo, Jean Genet…― y cinematográficas ―la nouvelle vague, Jean-Paul Belmondo, Alain Delon…―. De Italia, la continua inspiración en su look para el vestir y sus flamantes scooters y de las Antillas, la estética rude boy a ritmo de ska.

Al principio, los Mods eran poco más de un disperso centenar que llegado el fin de semana salían de sus barrios para ver y dejarse ver por los coffee bars de Wardour Street —2 I’s, The Coffee An, Le Macabre, Freight Train…—. Modernistas, modernos e individualistas surgidos de la working class revelándose contra la opresión clasista con un insultante narcisismo que nada sabía (ni quería saber) de ese otro mundo más allá del pequeño universo que ellos mismos estaban creando. Nuevos dandys con trabajos de oficina cuya paga semanal alimentaba su obsesión por la estética. Una obsesión por las chaquetas de corte romano a lo Brioni y las camisas de cuellos abotonados a lo Brooks Brothers donde el detalle marcaba la diferencia y la flemática altivez les hacía diferentes. Una suerte de sociedad secreta con trajes a medida que se reunía en las catacumbas de Londres. Una guerrilla adolescente que se retroalimentaba del underground. Casi una religión.

En 1962 la prensa se hizo eco por primera vez de este «nuevo» fenómeno adolescente con un artículo titulado Faces Without Shades y lo Mod salió del centro de Londres para llegar a los suburbios y más allá. Fue creciendo en número de acólitos y su estilo de vida se fue definiendo sin más criterios que la distinción y la elegancia. Con sus propios códigos ―para caminar, para ir en Vespa, para estar siempre cool― y su propia jerga ―«faces», «hip», «toppin’ up», «bumfreezer»…―. Sus propios clubs ―The Scene, The Flamingo, La Discothèque, The Crawdaddy…― y sitios donde vestirse ―Bilgorri, John Michael o His Clothes―. Sus modas en la música ―de Tubby Hayes a Jimmy Reed y de ahí a la Stax y la Motown para zambullirse de cabeza en el ska y el boogaloo―, en el vestir ―ya fuera en el tamaño de las aberturas de las chaquetas o en el de los bajos de los pantalones, ya fuera adoptando los polos Fred Perry o las desert boots o los vaqueros Levi´s― y en los accesorios de sus scooters ―y ahora faros y ahora espejos y ahora cromados y ahora…―. En sus peinados ―el Perry Como, el College Boy, el French Crop, el Backcombing…― y en sus bailes ―The Shake, The Block, The Bang, The Face Twist, The Hitch Hike, The Dog…―. Unas modas que marcaban ellos mismos, de forma autárquica, a través de esos Faces que abanderaban la jerarquía del modernismo. Una jerarquía ―con decenas de esotéricos rangos: Top Mods, Estilistas, Numbers, Tickets, Mids, Seven and Sixes, States, Moddy Boys… ― en la que se ascendía a fuerza de activismo y osada imaginación. Lo Mod se convirtió en todo un modo de vida. Una vida total donde cada segundo de ocio pertenecía al modernismo. Velocidad y vehemencia. Acción por la acción. «Vivir, comer y dormir Mod» con unas cuantas anfetaminas como acicate.

Hacia 1963 el 35% de los adolescentes británicos eran adeptos al que ya era el movimiento juvenil más importante del Reino Unido. Una popularización que dejó por el camino buena parte de la intensidad inicial y del individualismo originario. Un secreto a voces que, a partir de los disturbios de Clacton en el 64, empezó a estar en boca de todos. Lo que la prensa sensacionalista tildó de brutales enfrentamientos en la costa entre Mods y Rockers no había sido más que un puñado de esporádicas gamberradas de un grupo de Mods, motivadas por el mal tiempo y las escasas diversiones, que la policía se dedicó a empeorar ―y donde algún rocker local se vio implicado― y que sirvió para alentar nuevos enfrentamientos en los días y festividades siguientes y para convertir lo Mod en la palabra de moda.

Con Carnaby Street repleto de tiendas dedicadas al público Mod y convertido en el centro de la moda mundial; con 6 publicaciones semanales dirigidas al mercado Mod; con cientos de salas de baile donde se pinchaba música para Mods o donde había conciertos de sus intérpretes favoritos; con un programa de televisión Mod; con grupos Mods ascendiendo en las listas de éxitos; con toda la prensa del país ―y parte de los rotativos internacionales― dedicándoles titulares y con cientos y cientos de Mods que, al grito de «Up West!», llegaban cada fin de semana al Soho desde los lugares más recónditos del Reino Unido, lo Mod se masificó cayendo en las garras de la más absoluta banalización. Haciendo que los pocos Mods que todavía se aferraban al ideario original se alejaran del circo mediático endureciendo su imagen y actitud. Todo aquello que aspiraba a ser joven y actual debía recibir el calificativo de Mod y lo Mod comenzó su lenta e imparable agonía.

A mediados del 66, las señas de identidad del modernismo se habían convertido en iconos para el gran público de las que cualquier mercachifle intentaba sacar tajada. La publicidad vacua había atraído a muchos jóvenes que sólo buscaban estar a la moda y la mala publicidad por los disturbios a otros tantos sedientos de violencia. La música estaba cambiando, las drogas habían cambiado. Lo Mod fue languideciendo, diluyéndose entre la psicodelia y el hippismo, hasta que pasó a dormir el sueño de los justos. O, más bien, comenzó una profunda hibernación donde tan sólo los scooters clubs y las soulnighters del norte de Inglaterra mantuvieron vivo parte de su espíritu. Expectante a que, al igual que había sucedido a finales de los años 50, un grupo de devotos de la estética y la buena música lo despertaran. Aunque esta vez para no volver a dormir jamás.

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